domingo, 26 de septiembre de 2010

Hoy me sentí sola.

Sola de verdad. Sola como cuando se te vacía el mundo y no puedes encontrar nada ni nadie a lo que agarrarte y todo se vuelve blanco... blanco, y en el medio tú.
Tan céntrica, tan alejada de todo y tan cerca de nada (es que no hay nada) te dejas llevar por el acoso del tiempo, que corre, ansioso, mientras tú estás allí, sola y perdida; te pierdes más.
No sabes por qué duele tanto en el pecho, en lo que es el núcleo de ti, pero sabes que la nueva herida va a ser tu compañera de viaje por la nada blanca. Hay muchos tonos de blanco, pero este es el blanco blanco: frío y estándar.
Fría, descubres que estás sola porque ya no quieres agarrarte a nada. Tu todo podría dejarte atrás sin problemas, piensas. Tu antiguo todo te hacía sentir entera algunas veces, lejana pero siempre unida, aunque fuera, a él. Ahora... se diluye. Suspiras, aire vacío, estándar. Tu todo es nada.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Weird

No había ningún sitio al que huir, ni nada que hacer. Se sentía encadenada al silencio, sin poder hacer nada más que seguir mirando; queriendo ver más detrás de aquellos singulares, de aquellos gestos; únicos, suyos.
Si era en su presencia, la melodía más suave se incendiaba; si le gustaba a él se convertía en hipnotizante psicodelia. Él era frustrante y limitado. Para ella. Le frustraba no poder captar su atención por mucho que elevera la voz, por mucho que bailara. Él solo parecía tener ojos para... para nada, él solo tenía oídos. Y solo oía voces, y voces; voces claras, finas, voces transparentes.
De algún modo ella había llegado a sucumbir al encanto de las voces que, descubriría, él adoraba; atravesaba aquella época de fascinación colorista, ¿sabes?. Ella era así. Pero hablábamos de él y sus limitaciones, para nada limitadas. Él... nunca dejaba de ser él. Y ahí estaba el límite. Lo demás era eterno, sin asíntotas ni tendencias. Solo él. Él y él.
Se enfadaba (ella), porque era impenetrable. Él... oía murmullos pero ni siquiera advertía la música de circo, ¿acaso era posible? Parecía que sí. Parecía... parecía que le faltaba el aire, con tanto suspense y dilatación temporal. Echó a correr y no paró hasta llegar a la seguridad de los árboles y la noche, en un lugar donde cálidas farolas eran el sello de un pacto entre la oscuridad y las tinieblas. Aquel lugar la envolvía, decía ella. Era grande, era, era lo único que conseguiría llenarle los pulmones a ella si luchaba contra ansiedad. Era verde, pero no todo se trataba de ser. En aquel lugar estaba la magia de un lugar diferente, estaba... la luna y su mirada, atenta, cautelosa al danzar por un espacio de encuentro secreto anunciado al viento. Luna llena y miradas vacías, pensaba ella al sentir el impulso de acercarse más a la nada que caminaba a su lado. En aquel lugar había un templo blanco, y se encerró en él durante horas que avanzaban tortuosas, en círculos. Necesitaba bailar y liberarse del silencio. Con cada golpe, con cada giro su cabeza intentaba espantar el zumbido de suave interferencia que dejaba el perfume de uno y la dulzura del otro, pero no se podía bailar con gestos secos. Así que dio un paso, dio otro, y, con aura de celo, capricho, miró alrededor antes de liberarse y atrapar al espacio para guiarla allá donde quería ir. El tiempo... el tiempo se escurrió con cuidado, lento, dejando las traiciones para otro día.
A veces se dejaba caer contra una columna, derrotada y temblando; agitada por un llanto fino; transparente. Se levantaba armada de vacío y miedo, pero se caía otra vez sobre la columna de frío mármol, le daba paz. La arañaba y no pasaba nada. Se acordaba de él y la golpeaba fuerte, reclamando una queja, un abrazo y su simple presencia; todo a un tiempo. Así de perdida estaba, susurraba entre dientes mientras recorría la superficie redonda caminando con furia, inclinándose a veces peligrosamente fuera de las finas balaustradas que blindaban su refugio.
Inacabado, como siempre, solía decirle al vacío antes de emprender la vuelta a casa, acompañada de los primeros rayos de luz. Todo es una historia inacabada.
"Y yo necesito salir", decía algo en su interior. Acabar de una vez. Y vivir bailando, recorriendo en círculos su sitio blanco, solamente dejándose llevar por el vacío y cada cosa que afloraba a su mente.
Acabar... pensaba. Y siguió pensando.

De repente se me ocurrió

si fueras más clara con tus acciones, tal vez el mundo te devolvería una reacción menos difusa.

lunes, 20 de septiembre de 2010

No me preguntes por qué,

pero quiero saberlo todo. Por qué había un cuerpo tirado en el suelo y tú solo podías esperar a la persona adecuada.
Me da igual por qué lo hiciste, pero quiero saber la historia. Y si alguien, alguna vez, viene a decirme que sabe mucho de ti poder decirle, sí, soy especial para él y, obviamente, ya lo sé.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Weird

Era azulado y detonante, como una bomba expansiva. Tenía un tinte amargo hacia el final, pero, no sé, era como si aquello fuera la realidad "buena" por encima de cualquier otra. Tenía ganas de compartir contigo mi secreto, y, a veces, soñaba con llegar a tu lado y contártelo al oído a solas en tu habitación. Después imaginaba tu cara. Una cara ilusionada y sorprendida a la vez que triste, cansada como solo puede ser la tuya.
Estaba encerrada en aquella habitación más pequeña porque no quería salir y pensaba en ti, en qué harías. Seguramente estabas corrigiendo algún escrito sin sentido, de esos que te gustaban a ti, pensaba. Me agobiaba pensar tanto, ¿sabes?
Estabas muy lejos. Y no parecías cansado de estar lejos. Cuando halaba contigo te reías mucho, y cuando no, pues, no sé. A lo mejor también te reías mucho. Estabas tan lejos.
Soñaba con las vacaciones para despertarte saltando sobre tu cama blanca y grande. No sabía para qué necesitabas una cama tan grande para ti solo. Me acuerdo cuando te mandé a dormir al sofá con esa excusa. No parabas de reírte, de contestarme que durmiera yo en el sofá y te devolviera tu cama blanca, grande. Discutimos tanto que al final peleamos con almohadas y nos tiramos en la cama riendo y tratando de recuperar el aliento, mientras dábamos los últimos almohadazos. Al final yo me quedé dormida... y tú no te fuiste al sofá.
Pero al margen de la mañana siguiente, me robabas el portátil siempre que me ponía a escribir. La verdad es que odiabas que no te prestara atención. No lo entiendo. ¿Por qué ahora pareces tan feliz? Hace ya mucho que no hablamos y casi no me acuerdo de ti. Menos cuando me acuerdo. Entonces lo hago muchísimo. Es horrible, detonante.
Preferiría volver contigo. Te perseguiría al sofá... o a donde fuera.




martes, 14 de septiembre de 2010

Tiene lo peor de cada una:

Los gestos merengados de una, agudos y refinados de otra, el don de aburrir al hablar de la primera.
La monotematicidad de una y de la otra, en fin, esa manera de decir una misma cosa mil veces para reafirmarse sobre los demás. Se te pega.
No sé, es horrible y me pone nerviosa. No sé a qué atenerme, ¿sabes?
A veces parece que, a su lado, el color naranja no puede ser tan malo.

Primer día

sobre... ruedas. Al principio tenían tembleque, pero después la física se encargó de enderezarlas y hacerlas vibrar con cada giro.